Tradición que nos une.
Más que en cualquier otra fecha del calendario mexicano, el 2 de
noviembre es el día en el que nuestra cultura se viste de mayor
misticismo y la nación se ve más unida, y no es nada extraño, no
siempre estaremos de acuerdo en que el país es verdaderamente
independiente, que la revolución nos ha hecho justicia o que
en verdad es el cumpleaños del hijo de Dios, pero siempre
estaremos de acuerdo en que extrañamos a nuestros muertos
y por pequeña que sea la mínima gota de fe que tengamos, nos
gustaría creer que los que alguna vez amamos y ya no están nos
vienen a visitar una vez al año para compartir con nosotros los
viejos tiempos para recordar y las buenas nuevas para sentir que
nuestras historias siguen adelante, no ya sin ellos, sino gracias a
todo lo que hicieron por nosotros cuando aún poblaban la tierra.
Claro que esta fecha no es la única que presenta ese misticismo en
la temática que envuelve a la celebración, los rituales religiosos si
se ven objetivamente también contienen elementos que llegan
a hacer sentir intranquilo a quien no tiene lazos culturales o
sentimentales con ellos, hasta la religión con mayor presencia en
nuestro país tiene en su haber rituales donde semana con semana
los creyentes se comen el cuerpo y la sangre de su salvador. Pero
si hablamos de una decoración completa que se traduzca en
un ambiente donde el esceptisismo ya poco puede hacer para
protegernos de lo desconocido y misterioso, el también llamado
Día de Todos los Santos es aquel cuyo alcance tiene el poder
de envolver a toda una nación que se invade de tonos naranjas
para dar la bienvenida no solo a los muertos, sino a la mayor
característica del pueblo mexicano, su filosofía guerrera, y se
mezcla tanto con las emociones que aun si se quiere ser ajeno a la
tradición, algún lugar de nuestros corazones tocará este mundo
que existe por tan sólo un día al año y del cual no se puede escapar.
El mexicano tiende a perdonar fácilmente lo riguroso de los
dogmas que elige, no cumple los diez mandamientos si es
católico, no saluda a su bandera salvo cada 16 de septiembre
ni mucho menos respeta o hace uso a su favor de la norma
jurídica, y el Día de Muertos ésta actitud se ve reflejada en
que no importa si su religión no lo contempla, sus muertos
no pueden esperar a la resurrección del que está sentado a la
derecha del padre, la fiesta parece ser más sagrada para nosotros
que cualquier otra cosa y ni siquiera la muerte puede alejarnos
de ella, cuánto menos las normas establecidas por la sociedad.
El Día de Muertos es una festividad que tiene reconocimiento
mundial, le aporta a la orbe una perspectiva diferente de
lo que hay más allá de la vida y esto no podría ser posible
sin todos los elementos que acompañan lo que, al final,
es un ritual para convocar a los fantasmas, pero con un
pequeño vuelco que hace la diferencia, lo hacemos por amor.
Más que en cualquier otra fecha del calendario mexicano, el 2 de
noviembre es el día en el que nuestra cultura se viste de mayor
misticismo y la nación se ve más unida, y no es nada extraño, no
siempre estaremos de acuerdo en que el país es verdaderamente
independiente, que la revolución nos ha hecho justicia o que
en verdad es el cumpleaños del hijo de Dios, pero siempre
estaremos de acuerdo en que extrañamos a nuestros muertos
y por pequeña que sea la mínima gota de fe que tengamos, nos
gustaría creer que los que alguna vez amamos y ya no están nos
vienen a visitar una vez al año para compartir con nosotros los
viejos tiempos para recordar y las buenas nuevas para sentir que
nuestras historias siguen adelante, no ya sin ellos, sino gracias a
todo lo que hicieron por nosotros cuando aún poblaban la tierra.
Claro que esta fecha no es la única que presenta ese misticismo en
la temática que envuelve a la celebración, los rituales religiosos si
se ven objetivamente también contienen elementos que llegan
a hacer sentir intranquilo a quien no tiene lazos culturales o
sentimentales con ellos, hasta la religión con mayor presencia en
nuestro país tiene en su haber rituales donde semana con semana
los creyentes se comen el cuerpo y la sangre de su salvador. Pero
si hablamos de una decoración completa que se traduzca en
un ambiente donde el esceptisismo ya poco puede hacer para
protegernos de lo desconocido y misterioso, el también llamado
Día de Todos los Santos es aquel cuyo alcance tiene el poder
de envolver a toda una nación que se invade de tonos naranjas
para dar la bienvenida no solo a los muertos, sino a la mayor
característica del pueblo mexicano, su filosofía guerrera, y se
mezcla tanto con las emociones que aun si se quiere ser ajeno a la
tradición, algún lugar de nuestros corazones tocará este mundo
que existe por tan sólo un día al año y del cual no se puede escapar.
El mexicano tiende a perdonar fácilmente lo riguroso de los
dogmas que elige, no cumple los diez mandamientos si es
católico, no saluda a su bandera salvo cada 16 de septiembre
ni mucho menos respeta o hace uso a su favor de la norma
jurídica, y el Día de Muertos ésta actitud se ve reflejada en
que no importa si su religión no lo contempla, sus muertos
no pueden esperar a la resurrección del que está sentado a la
derecha del padre, la fiesta parece ser más sagrada para nosotros
que cualquier otra cosa y ni siquiera la muerte puede alejarnos
de ella, cuánto menos las normas establecidas por la sociedad.
El Día de Muertos es una festividad que tiene reconocimiento
mundial, le aporta a la orbe una perspectiva diferente de
lo que hay más allá de la vida y esto no podría ser posible
sin todos los elementos que acompañan lo que, al final,
es un ritual para convocar a los fantasmas, pero con un
pequeño vuelco que hace la diferencia, lo hacemos por amor.

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